domingo, 5 de abril de 2009

SU NOMBRE


Se llama Laura. Su nombre ha sido gritado, derramado tantas veces en su miedo, arrojado a su cara al mismo tiempo que la golpeaban esas manos de las cuales, alguna vez, ella deseó sus caricias. Digo alguna vez porque no me atrevo a mirar sus ojos y descubrir que todavía espera amor en medio de la tortura.
Laura recuerda la primera vez del terror de la misma forma que revive el primer beso para no olvidar por qué sigue allí. Ha aprendido que, igual que después de hacer el amor podía casi flotar en una nube todavía con el recuerdo de su olor en la piel, de la misma forma se pierde en el dolor, en el miedo cuando ve su mirada, la de ahora, la que no sabe si nació en los ojos de él en algún momento, o si esa sombra que le nubla lo que siente por Laura – “¿soy yo, recuerdas?”, ella insiste en susurrar – existió desde siempre.
Mira las noticias, mujeres muertas, mujeres maltratadas; ya no las escucha, no las comenta. Se sorprende algunas veces esperando, preguntándose qué espera, y se asusta al responderse que su turno. Debería marcharse, esconderse, liberarse de esta condena a muerte, pero la cadena perpetua parece definitiva. Arrastra su pena por el piso, por las calles, la arrastró en todos los trabajos de los que la echaron por no poder levantarse por las mañanas. Todos sabían por qué, pero en estos tiempos en los que es difícil ser feliz y sin embargo se es rechazado por haber olvidado como se hace para sonreír, lo mejor es el silencio. Nadie pregunta por qué no cumple con sus horarios, pero todos juzgan. “Es una pobre mujer; no lo deja porque no quiere”. Ella calla, no saben que el sufrimiento une más que el amor. Lo mira cuando él calla, siempre aguarda el momento de un encuentro en sus silencios, en sus oscuridades; no sabe si se engaña al pensar que él sufre sus propias torturas, pero ella quisiera consolarlo. Entonces se siente valiente, orgullosa de poder amar. Se da cuenta pocas veces, en medio de su llanto, que la pena ha nublado su razón. Se deja llevar, es más fácil así, porque cualquier sentimiento la tienta a ser rebelde, y después la vence.
A Laura se le perdió entre los pliegues del vestido y las arrugas de la mirada todo lo que fue su vida. No pidió, no suplicó, no clamó; no pudo hablar hasta que no la escuchaban, hasta que esperó que no la escucharan, cuando la ausencia de personas, de recuerdos, se le presentó tan fría como el alma que intentó educar para no sentir. Se le abalanzó de frente tanto por gritar que enmudeció; le arroyó la vida como un caballo despavorido y creyó que sólo ella caería, que sólo ella se ahogaría en el río con su salvaje animal, que a nadie más desgarrarían aquellos cascos que la buscaban. Pero la furia tapada con el silencio cayó sobre las cabezas de quienes son los hijos de…, los hijos de ellos dos. Sonrisas que no son más que muecas, niños que sueñan el final de sus sueños.
En qué momento decidió, en qué momento no comprendió, cuándo no supo decidir hasta dónde llega el tiempo de callar.
Y ahora Laura apoya su frente en mi ombro, se deja caer, permite que su peso duerma mi brazo izquierdo y me pregunta en qué momento escribí sobre ella, y me pregunta por qué lo hice, quiere saber por qué hice que enmudeciera cuando debió gritar. Si fuera tan fácil, inventarse así un personaje y que enmudeciera. Pero Laura no me lo ha permitido, no me va a dejar tantear los sentimientos y abandonarla en un papel.
Me cuenta, me explica que no sabe, que ama y no puede saber por qué, que ahora que incluso puede ser noticia no quiere serlo, porque todas las cosas que tiene por decir no entran en las respuestas esperadas; dice que no puede tampoco callar, que teme caer a un vacío que se la trague. Esta vez soy yo quien calla por no decirle que ya ha caído, que ya se la tragó la memoria de los demás. Todavía sus ojos, gotas de miel en medio de la nada, me lloran; todavía me pide que no la deje, y con una agilidad mejor que la que le di en mi imaginación trepa ahora por mi cabello, acaricia mi rostro- Mírame de nuevo, cuéntame quién fui.
Y no pudo ser nada más que un sentimiento. Qué pobre y qué rica Laura, silencio nacido del desgarro de los gritos, amor que agoniza en la eternidad de las llamas. Quiere saber si él la ama, necesita comprender; cuando busca respuestas encuentra ojos cerrados, entonces sólo escucha corazones que se perdieron en algún lugar de la Torre de Babel.
Quise no escribir más, pero ella quiso nacer, ser de nuevo, y se dibujó en la tinta para sobrevivir.
- En qué momento decides marcharte –me pregunta ella- y dejarme aferrada al amor y al miedo, cogida tan fuerte como quien desea el cielo y teme perder la tierra, en que momento me permitisteis todos el silencio, con mi hijo en el vientre y su vida en mi llanto. En qué momento te das la espalda, cómo me preguntas si yo quise hablar. No se le pide a un mudo que empiece a gritar. No soy tu noticia, no puedes hacer poesía conmigo.
Callo, vuelvo a callar, ella tiene razón. Me señala con su dedo ya torcido, trémulo como su voz, la que imagino. Me escondo, Laura, una vez más de ti, y me pierdo yo en la tinta para dibujarte, esta vez quizá sin ojos para que no me puedas ver darte la espalda después de saber cómo lloras, después de ser yo quien describe tus lágrimas. Me cuentas que en la soledad no hay voces que te confortan, ni almas ajenas que aparecerán porque sí. Todos esperan que los llames, aún viendo tu cuerpo marcado, y tú ya no quieres, no puedes hablar.
- Si después de mis palabras la muerte me calmara, si pudiera hablar cuando todavía deseo vivir. ¿Quién me va a escuchar cuando no grito, quién me va a abrazar si callo? Quién entenderá que yo le amaba, si no lo entiende él, y que no puedo, con este miedo que dilapida el corazón a golpe de miradas, ni decir que le quiero ni decir que me salven, que nos salven a todos.
Si me voy de aquí alguien me enseñará a no quererlo, me dirán que no me ama, curarán los golpes de mi cuerpo a golpe de realidades descargadas sobre mi alma.
Cómo explicar que en mi muerte espero la eternidad junto a su alma, que es a quien amo, cuando ésta esté liberada de la tortura de su mente.
Laura me mira, me aturde, y comprendo que es porque no llora.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

BARRANCOS EN EL CIELO

Si me llevas en tu tiempo
y me alejas de tus besos,
si me llevas y me arrastras
en tus dedos,
me encarcelas en tus ojos
y sientes cada palabra,
todos los sueños.

Si me llevas abandonándome
para ser lo que presientes de mí,
arrebatando a mi corazón quien fui,
y me olvidas y me recuerdas
para adormecerte en tu sueño
y poder seguir.

Si tú me dejas aquí,
a la espera de un suspiro,
si tú te has marchado
encadenándome,
dándome el valor de tu pena.

Si tú te vas,
¿por qué miras atrás?
¿para verme prisionera?
De mis sueños, de tu sigilo,
De un sentimiento huérfano,
Como huérfano fue nuestro cielo.

Alguien calló las palabras de Dios
y cayeron las estrellas.
Alguien silenció hasta los truenos,
dejó el firmamento rasgado.
Caminos, senderos, laderas,
barrancos en el cielo.

Cada latido por la vida en tu quietud.
Tú sabes bien que te hiciste
el dueño de los vientos,
conoces las palabras,
el llanto de los tiempos.

Yo conozco los ojos de la verdad austera
que es más cruel que la quimera.
Yo conozco la frontera
entre tu piel y la mía,
cobarde muralla
que encarcela a los ángeles.

Música para la risa,
cantos para el silencio.
Yo conozco la frontera
entre tu piel y mi vida.

Es porque creo en el cielo
que te miro y no te veo.
Experto en guardar el alma
detrás de la mirada,
muralla del que piensa que
nadie como él calla.


Quien no construye su casa,
reparte ladrillos con su nombre.

viernes, 22 de febrero de 2008

COMO LA ENREDADERA

El colegio es una jungla
de niños vestidos
que desnudan sus vidas
a través de sus rostros.

Entre niños dolidos
el calor es frío…
Entre quedarse y marchar…
él sabe correr.

Entre preguntar y callar,
reconoce las rosas en los ojos,
que es mejor que las mentiras.
Espera entre las horas
que le traen otra vigilia.

Creen que crecerá
como en el muro la enredadera.
Creen que sabrá buscar
en la escarcha su lugar.
¿Será jazmín…
o será niño de cera?

Que mañana vendrá su padre,
con la sonrisa de otro hogar,
que entrará en la casa otro hombre,
que saluda… y se va.

Que tiene miedo, madre,
que antes de los gritos
y ahora del silencio.
Que no hay palabras,
ni en su voz ni en la de nadie.

Se desespera por abrazar,
pinta regalos en papeles encontrados,
y se desliza entre las lágrimas
de cada desengaño.

Y aunque no comprende
por qué él ha perdido
y no tiene el derecho a llorar,
por abrazos se desvive.

Cambia la vida,
lo aprendió en un momento,
y ahora todo parece fugaz.

Lo peor es el silencio,
en el que se tumba y se duerme,
y los besos,
descuidados, cuando anochece.

¿Qué le pedirás,
cuando se aventure en su mar?
¿Qué le dirás, padre?
¿Que en otro barco ha de remar?
Pero si hoy ni siquiera comprende
en qué lugar ha de luchar.

Deambula por sus vidas,
no le importa el saludo,
sólo siente las despedidas,
y le reprochan de veras
que no regale sus sonrisas.

¿En qué momento ha pedido
ser él el centro
de un amor que sin destino
es el dueño de su vida?

¡Que no quiere sonrisas,
ni hola, ni despedida!
Que le lleven donde el prado
quiere acoger su risa.

Que le lleven con la prisa,
con la prisa de su vida,
no con el carro
que atropelló otras vidas.

Le dicen que no entiende,
y no, no comprende,
si en este mundo la risa
no sale de dentro.

No es mayor para sentir,
y sí para llorar,
y no comprenden que
en las noches de sus sueños,
se le llevan en sus miradas,
en sus lamentos,
y que él se pierde,
y si pregunta se sonroja,
porque el silencio…
Otra vez él no comprende...
¿Y qué ha de comprender?
Si en el tiempo,
si en su labios…
Él es el paso que calma los antojos,
la decisión, el que cierra los ojos.

Si todavía no sabe
en qué lugar de su cuerpo
nace el destino…
Y le hacen crecer
en el camino perdido
de quien amó en su momento.

¿Dónde está el suyo?.
¿Dónde su momento?
¿Por qué no ven
que en su pecho hay un mundo?

Y él… siendo el niño,
es el viejo.
El que vive en el silencio.

ELLA Y ÉL

ÉL

Te sueño tanto que se desdibujó tu rostro,
y ahora eres música en la tiniebla de mis ojos.

Te hablo tanto, que no tengo palabras,
y ahora sólo te añoro.

Te persigo por las calles,
vagabundo del silencio,
estrella de las farolas,
héroe de tu mundo.

ELLA

No has querido mirar mis ojos, pienso,
y en ellos te consumes como el rastrojo,
hojas secas de las que hiciste
un pasado a tu antojo.
Tu hoy en nosotros,
tu fuego el aliento,
tu furia en los dedos.

Dime… ¿cuántas veces has necesitado
marchar sin decir adiós?
Dime cuántas veces has soñado
descansar en este amor

Sin ti las madrugadas.
¿En qué parte de ti estoy tan viva
que me matas en tu huída?.

Tanto tiempo, tanto suelo,
tantos ojos, tanta espera…
Y tú que no ves
que me cobijo en tu tiniebla
y no soy tu carcelera

¿Es que no escuchas?
¿dónde fueron mis palabras?
¿dónde todas las madrugadas?

¿Cómo no has visto?
Soy celadora de tus miedos
y verdugo de mi consuelo.
La que guarda tus silencios,
los secretos de tu alma.

EN UN RINCÓN DE TUS LÁGRIMAS

Vivo en un rincón de tus lágrimas
en la comisura de tus labios
en el rastro de tu sonrisa
en la estela de tu alma.

Brindar con la espuma de tu risa
ser parte de tu suspiro
en el que buscas el alba
para vivir cada mañana.

Que pueda abrazarte cuando vuelves del silencio,
que no me eches de tu mirada,
que quien te vio nacer no te robará el alma.
Que me dejes decirte, que existe mañana

En un rincón de tus lágrimas,
mañana seré tu calma.
Vuélvete hacia mí,
déjame ser tu almohada
y en mí, sólo descansa.

Que me veas sentada
en este jardín que te pareció la nada,
que pueda contarte calmada
que la vida sólo hablaba de ti

También vivo con miedo,
antes del mar, ahora de tu viento.
también vivo en el mundo ajeno,
también me agacho en las tormentas.
También quiero ser todo yo y no puedo.

Te traerá el tiempo todos los huracanes
en los que me has visto perder.
Y se enfrentarán nuestros sentimientos,
y un día traerá la brisa el recuerdo de mis brazos y tu sueño,
cuando te acunaba en silencio

No te pierdas en esta vía,
no te alejes sin mirarme.
No te marches, porque el día
está repleto de noches y cunas
en las que amarte.

No me digas que no sé,
tampoco sabrás mañana
que el tiempo siempre se avanza
a cada una de nuestras palabras.

Déjame ser tu almohada.
Hoy no crees en mí,
mañana seré tu calma.

EN LA ESPALDA

Lleva en su espalda el eco
de llantos y silencios,
los dedos del firmamento,
los labios del reencuentro.

Lleva en la frente escritos
los pasos de los otros
y en el pecho lleva callados
el miedo y el desconcierto.

La tierra seca que dejó,
otros, el suelo fértil lleno de
muertes, mentiras, huidas,
se les cuela en los bolsillos
y en la voz de las despedidas.

Nunca quiso ser vagabundo
y ahora lo es en otra tierra
que ni le reconoce,
ni le recuerda.

No aprende idiomas,
sólo distancias entre personas,
sólo comprende miradas,
el que está y el que se avanza.

Se defiende de las lágrimas
callando lo que sabe,
y provoca huracanes
de incomprensión en las calles.

Como arbustos en el bosque
compitiendo con raíces,
buscando a las personas
que anónimas hasta ahora
se convierten en hermanos.
Encontrando almas,
una música, una llamada
un acento en la palabra.

Compartir el temor
a no querer regresar un día.
Con la nostalgia en la boca
en los gestos y en los sueños.

Y yo, raíz en este suelo,
en el que callo el recelo
de ser un corazón aislado
en su pecho apasionado.

Yo, que espero
una respuesta
también para su cielo,
que cree que no comprendo.

A mí que no se me da el derecho
de sufrir por el silencio,
a mí que se me niega el miedo,
porque no abandoné corazones.

No comprendo las palabras,
pero entiendo las razones.
¿Y si el alba de mañana
me obliga a dejar mi bosque?

Lleva en la mirada el orgullo,
en las manos el desierto,
la selva, el hielo.
Y yo en mi garganta llevo
quimeras para sus besos.

No podré cerrar los ojos mañana,
ni pensar que quedaré olvidada
en algún lugar de la azada
que parta mi respiración
con un adiós.

Se acerca a mí con su anhelo,
me entrega el amor y sus recuerdos,
que no piense que en mi estrella mañana
se olvidará su melodía,
que sabe que de la pena al canto,
no hay más que melancolía.

Me pierdo en los confines
de mis ojos y mi mente,
si pienso que sus labios
no acariciarán mi frente.
Si pienso que mi alma
no será suficiente.

La noche en sus ojos,
derramada en su cuerpo,
mares de otros tiempos
que buscan la risa
en mis manos y en mi vida.

Del mundo los cuerpos,
azabache el miedo
a amores grandes,
con pequeños recuerdos.

LA ETERNIDAD DEL TIEMPO

Despertó en un día eterno.
No había estrellas, ni oscuridad,
ni fuego.
Sólo el frío como un velo.

Despertó en el suelo,
extraña en la mirada
del que vive
escondiendo su cara.

Se meció con una nana,
susurraba, se abrazaba,
buscaba y se escondía
de aquella que fue un día.

Camelias en el pecho,
para un difunto sentimiento
que se llena con el tiempo
y se esconde de la mañana.

De la herida de sus labios
se escapa goteando
el nombre del que tanto la amaba.

Tanto la amaba…
que no había otra cosa
en el mundo
que lo que ella soñara.

Que el futuro era viento
y el presente madrugadas…
Decía en voz alta
lo que ella susurraba.

No vio en ese momento,
no escuchó el lamento
que descansa en el silencio
aguardando la mirada.

Ella…
de su abrigo desahuciada,
lo buscaba en los rincones,
en las calles, en su cama.

Y ahora que desea
no ser su esclava,
siente su aliento
en los pliegues de su alma.

Quiere llorarle y llorarse,
marcharse,
pero se pierde en el invierno,
como cuando pudo no amarle.

Si pudiera con sus besos
despojar a ese amor
de todo el dolor
que deja en los dos.

En cada golpe él pregunta
en qué lugar de su mundo
se esconde la mentira,
el deseo, la fatiga.

Y no escucha que desde el llanto
todo lo que ella siente
es sólo que no la mira,
es sólo que la asesina.

Y después el silencio.
Él es brisa que susurra y amenaza,
Hiere… y se levanta.
Acaricia y se marcha.

Y él…
Palabra derramada,
amor caído en sueños,
tanto gritar para decir que la ama,
tanto ayer caminado.

Corriendo entre paredes
que no dejan ver,
que no dejan hablar,
que él no dejó
que le hablara.

Y ahora lo mira volver
susurrando que no se debieron tocar.
Y la deja,
y se queda, esperando

donde acaban los sueños,
donde acaba el silencio,
en la resaca de llantos,
en la herida del suelo.

Donde se pierde la sangre
sin lugar al que llegar.
Donde la encuentra,
se esconde, la esconde.

Donde viaja sin ella
buscándola en todas partes.
Donde se mece la memoria
cuando tiemblan los labios.

Despacio, abrazan contra el pecho
toda esa nada que es suya,
a la que permiten que les queme
y deje marcados sus nombres
en sus caras.

Allí esperan, él y ella
y tantos,
que se confunden las manos,
se llenan de soledad,
y dibujan las bocas las palabras que callan,
ciegas las miradas
con la ausencia de sus caras.
Donde la locura provoca al llanto.

Fértil soledad
que creas vidas y almas
alimentadas de miedo, de lágrimas,
de sangre y batallas.

miércoles, 9 de enero de 2008

Adolescentes españoles


Hemos querido hacer tan libres a los adolescentes, que casi los hemos dejado solos, y heredan ideas de guerras que ya pasaron y por las que a veces mueren. Los que quieren construir un futuro se sumen en el silencio para esperar que algún día valga la pena el esfuerzo.

Deberíamos ayudarles a sobrellevar sus propios sentimientos, sus cambios, sus penas, a vivir sus alegrías, a aceptarse y aceptar a los demás.

Algunos salen a la calle como quien va al campo de batalla. No se sienten seguros, no les hemos enseñado a convivir, no sólo porque nosotros conocíamos otras culturas pero no convivíamos con ellas y no estábamos preparados, argumento muy utilizado en el año 2007, también porque ven el peligro en cada esquina, a veces real y otras veces no, y porque llevan dentro frustraciones que no son las suyas.

Tenemos campañas sobre el consumo de drogas, alcohol, tabaco, tráfico, preservativos, y políticos con rabietas que se pelean como hermanos, como nosotros, cuando nos peleábamos con nuestros hermanos. Pero no tenemos ninguna campaña que nos diga que la seguridad emocional de nuestros hijos es cosa nuestra. Lamentablemente, es algo que debe ser recordado. No es suficiente con decir que las drogas, el alcohol, la velocidad, las relaciones sexuales sin protección son peligrosas, hemos llegado a un punto en que nos deben decir a nosotros que quizá los estamos lanzando a esos peligros.

La historia de España es una sucesión de guerras por la conquista, victorias que suceden a derrotas, y derrotas que suceden a victorias.

Somos la consecuencia de esa historia, los herederos de un país que siempre ha luchado, que ha buscado, que se ha desesperado, que su última guerra ha sido contra sus hermanos, y la mayoría de sus combatientes creían más en sobrevivir que en una ideología concreta, un país que ha sido pobre, muy pobre, no por la escasez de alimentos en la guerra civil y en la posguerra, si no por lo que descubrieron de la humanidad, por haberse visto en un momento obligados a mirar hacia dentro y decidir quien debía salvarse.

Esa es la peor guerra, la que mira hacia dentro.

En el año 2007, los adolescentes españoles parecen no tener un rumbo, y nosotros, los padres de esos jóvenes, no miramos ni atrás ni hacia delante, sólo procuramos que mañana sea igual que hoy, si puede ser un poco mejor, mientras nuestros hijos son energías atrapadas en unas vidas en las que se ahogan.

No les damos un final al que llegar. Somos más libres, pero más inseguros.

En la familia, la sinceridad es abrumadora, tanto que rompe la inocencia demasiado temprano.
Los sueños son los que hacen seguir adelante, y la fuerza para conseguirlos lo que nos mantiene vivos. Es cierto que antes nos enfrentábamos a la realidad de una forma a veces repentina, tanto que no tuvimos tiempo de aceptarla. Estábamos protegidos por unos padres a los que se les obligaba a callar, unos padres a los que sus padres les rehuían la mirada porque habían visto demasiadas cosas, y vivían con el miedo de ver más; dirigidos por el silencio, criaban a su hijos.
Cuando se ata a alguien demasiado tiempo, se le dice cómo pensar, cómo actuar, y de repente se le libera, en un primer momento se siente perdido. Aunque sepamos dónde queremos llegar, la libertad es una luz cegadora. Ese camino se anduvo, se consiguió ser personas libres, pero en algún momento se perdió la lucha en la educación.

La familia, por parecer impuesta, aparentemente se ha perdido. Creamos familias monoparentales, una lucha que enseñamos a nuestros hijos, salir adelante sin ayuda, saber que no se deben tolerar los malos tratos tanto por parte de hombres como por mujeres, la traición, el vivir sin amor, y les decimos que son libres de amar a quien les parezca bien. Eso es un triunfo.
Pero también les enseñamos a no luchar por los demás, a no escuchar, y no les decimos que cualquier excusa no es válida para dejar a quien dijimos amar, si no es que nos decimos la verdad a nosotros mismos, que no fuimos responsables al tomar un decisión, cuando nosotros sí tuvimos esa libertad.

Nos mezclamos con ellos en sentimientos, hablamos de que esperamos que alguien nos quiera, sin pensar que de esta forma les negamos que han nacido del amor.

Idealizamos una vida mejor, un amor mejor, y nos ponemos a la misma altura en sueños que hijos, y así rompemos la firmeza que les deberíamos dar.
Les hacemos mayores en cosas que no les corresponden, dándoles la responsabilidad de hacer que sus padres se sientan bien, emocionalmente estables, la otra parte de la pareja, en definitiva, y les quitamos a ellos su estabilidad.

Creamos el sentimiento de que el hogar ya no es un lugar seguro al que volver. Les robamos la calma y los miramos lanzarse a la calle en busca de una familia que crean ellos buscando otros adolescentes perdidos en los que refugiarse. Después nos lamentamos.

¿Somos nosotros, los padres, los niños mimados? ¿Esos a los que ponemos por ejemplo de lo que no deben ser?

Sr. Silencio



Soy un indigente. Pobre, sucio, grisáceo, bajo, tenebroso, valiente, cobarde, rápido, solitario y silencioso.

Soy un necesitado, o miserable, que suena peor; eso dicen. En realidad no soy más (ni menos) que aquél a quien se debe ocultar, aquél a quien se teme mirar. Lo cierto es que no soy más pobre que ningún otro, sólo que yo no lo oculto, ni más triste –dentro de mis límites-, que cualquier otro. No soy sucio, mi piel y mi alma no se embrutecen más que la de tanta gente que pasa ante mí.



Alguna vez fui Isaac; me lo susurra todavía el viento, me lo canta el frío de las noches que nunca llegan a esa oscuridad que oculta el pasado, la que borra los recuerdos tan distanciados de lo que en realidad fue. Fui Isaac, tuve nombre propio y hasta las lágrimas eran mías. Una vida, tuve un tesoro en las manos, un camino bajo los pies, tan fuertes entonces, tan decididos a caminar hacia ningún lugar. Y eché a andar.
Caminé con el impulso de la adolescencia atrapado en mis talones, con las ganas de vivir en el pecho y esa imperceptible ceguera que provocan los sentimientos. Entre los sueños y la memoria, poco miedo y tanta vida, mucha niebla y el sol que ya ni ciega la mirada. Deseos en los dedos sustituyendo los jirones de vida que se desprenden de la piel; fronteras y sonrisas, a mi espalda tanto adiós, tantos ojos ya sin rostro, vivos ahora en mí, en mi mente todavía sonríen, ríen, caminan, pasean, cruzan también fronteras; las de ningún lugar.
Me perdí yo en una de ellas, caí al mar bordeando su costa, y me mezclo todavía en las olas de esta vida buscando el sol y su sonrisa, creyendo cada vez que regreso a casa, cuando he olvidado mi hogar.
Mi hogar; era blanco, creo que lo era, o deseo que lo hubiera sido. La luz se derramaba por sus paredes, sobre los muebles oscuros jugueteaban las motas de polvo con los rayos de vida, sobrevolaban mis dedos, jugaban con ellos como ahora juego con mil diminutas luces que confunden mis pupilas.
Crecí sin hermanos a los que fastidiar y echar de menos más tarde. En los silencios de la infancia creí librar batallas, pero mientras crecía se terminaban las praderas donde ganarlas. Caminé en busca de ellas.
Siempre hacia el norte, me decía. Y a mi espalda la mirada del único regazo que me acogió apagándose cuando me dice adiós, y el rugido de mi padre negándome que lo que yo soñaba fuera cierto, muriendo ahogado en sus lágrimas. Los hijos son propiedad del viento, decía ella, y después callaba, por no gritarse que nunca creyó que eso fuera cierto.
Ahora todo acaba. Por no regresar sin nada después de tanta ausencia, me quedé en este charco de personas tan ajenas mí, y perdí esta última batalla a manos de caminantes que deambulaban acompañados de la rabia.
Pero soñé ser feliz. Después, tanta vida atrapada en un solo corazón, tanta sobredosis de sentir y tantas imágenes en los ojos. Tanto silencio.
Ahora he caído. El cielo me mira desde arriba, y responde preguntas sin haber escuchado de mis labios las palabras. Me mira la tierra desde el centro, desoyendo el eco de todo lo que pedí para mi vida, pidiendo mis latidos. Ha surgido frente a mí el rostro de las lágrimas, con su eterno grito suplicando mi silencio; ¿locura? Sólo he caído, demasiado tiempo en pie, demasiados corazones para un simple mortal. Se han cerrado ante mis ojos las manos apagando los colores, atrapando la vida entre los dedos. He visto junto a mí a la muerte tendida, con más ganas, con más fuerza, deseando mi vida; con palabras y recuerdos, con lo que dejo, con lo que debo, con la mirada encendida y la sangre ardiente, con los dientes oscuros tras los pequeños labios sonrientes, con el recuerdo de lo que no pedí, con lo que quise entregar, que era todo yo. Todo mi ser para el mundo, para este mundo que dibujó en sus mapas los límites de mis pasos, de nuestros pasos, y así me dejó encerrado en una celda de libertad, que es como más se siente el desamparo. Mis pies ya se cansaron de caminar, de saber que puedo llegar a cualquier lugar, porque mi alma ya ha descubierto las verdaderas fronteras de las personas.
En ésta mi noche sólo anhelo las que fueron. La luna está silenciosa, noto un diminuto abrazo entre estas sombras, la respiración de los que estuvieron y la mía, se agitan en los ojos del recuerdo los sueños, huyen de mi cuerpo los míos. Un beso en la frente.
¿Sería posible ver de nuevo la vida ante mí, sólo por unos labios? Por esta calidez de aliento que siento, si se queda a mi lado de nuevo la luz fluiría como agua de río en mis despertares, y entonces sabría que un nuevo día se despereza entre las nubes; pero estos días se quedaron ya sin mí, esta suave brisa de otro cuerpo es pasajera, es caridad, es el abrazo que se le da a los solitarios en su último momento, la obligación de cuidar al desamparado.
Días que no engendrarán más amaneceres. Al sol le asusta colarse entre mis párpados ¿creerá él también que son tan débiles? En otro tiempo astros más grandes se atrevieron a desafiarlos. Creí vencer yo, antes pensé que ganaba, y ahora me siento derrotado sin haber tenido la oportunidad de demostrar que me queda el último aliento. Éste es mi último campo de batalla ¿por qué no huele la hierba, tal como la había soñado, regada con mi sangre, mientras yo en pie todavía empuño mi lanza de silencio?
¡Llamo a éste dios de los corazones!
¡Nadie me venció, sólo el tiempo, que ni siquiera fue mi enemigo! ¡Nadie me humilló jamás, no hubieron palabras, por salir de las bocas que las arrojaban, que pudieran hacer que creyera en ellas!
Y entonces, ¿quién me arrodilla? El que no escucha.

Es cierto, quizás mi enfermedad, la que ahora me tumba en la nada, sea precisamente el Silencio.

Miré mis manos por última vez antes de cerrar los ojos. ¿Los he cerrado, o es que la noche pretende engañarme? Pero es que todavía las veo, temblando muy cerca de mi rostro ¿por qué, si yo no tiemblo? Quién se lo ha ordenado, quién le ha pedido a mi blanca piel que cambie su color, que se agriete con surcos en los que se pierde mi razón, que caiga indolente sobre mis huesos… Yo no ordené nada de eso, ni quise permitirle a mi cuerpo que se encogiera, ni a mi espalda que se curvara; ni a mis ojos que se entrecerraran ni a mi iris que se nublara.
Yo no quise, yo no pretendí… yo me siento estúpido por no haberlo esperado, por verme de repente en una visión de la cual desaparezco, de la que me esfumo en un momento sin haber tenido tiempo de ser yo, el que se agita y se resiste, el que lucha y ya nadie lo advierte. No quiero ser más el pobre Señor Silencio, que vive aferrado al significado de su nombre y olvidó ya las otras palabras.
¡Debo decir! ¡Qué sabrá nadie de lo que callo!
Absolutamente nada, porque nada es lo mismo en la vida del otro, en la oscuridad del vecino, y ni siquiera las llamas queman igual a unos que a otros.
Éste susurro, ¿de qué hablan? ¿por qué no se callan?
La risa, quiero la risa ¡quién ha acallado a la risa!
En esta noche, en la que todavía pretendo que amanezca, sólo veo miradas si intento descubrir a las estrellas. A mi alrededor susurros, palabras que viajarán con mi nombre olvidado entre sus voces, y me miran ahora, pretendiendo que no sé cuándo la amabilidad se convierte en trabajo. Después de eso, sólo les queda la tristeza sin razón ocupando el vacío que deja el olvido de los seres que pasaron a su lado rozando apenas el corazón. Se afanan en regalar sus caricias a los cuerpos que cómo el mío lo que más temen es sentir de nuevo el calor de otra piel, la suavidad de unos dedos desconocidos deslizándose sobre mi rugosa frente.
Intento sonreír. Sé que piensan que es por agradecimiento, pero en realidad me hace gracia la inocencia de los jóvenes que hasta ver llegado su momento jamás sabrán lo que se siente al otro lado de sus miradas. Intento sonreír, sólo eso, porque he perdido el control de mi cuerpo y temo que mi boca se desencaje si me atrevo a reír de nuevo, porque ahora ya por lo único que arriesgaría mis labios es por los besos que yo mismo me negué en mi viaje o por mi último llanto. El último. No lloraré hasta que no sepa que de mis ojos ya no se verterán más lágrimas, hasta que no sepa que en esta almohada será el último rastro salado que deje tras de mí.

Pretendo mover mis párpados, y arrastro esta voluntad como si estuviera enterrado en la arena. ¿Acaso ya lo hice? ¿Ya están abiertos mis ojos? La vida, o la ausencia de ella, continúa confusa ante mí, sigue enredada en la niebla, y todavía corre a ocultarse tras las sombras en cuanto vuelvo la mirada. ¿No es de día ya, o es que sólo ha amanecido para mí? Tal vez me equivoqué de nuevo, quizás no llegó ese otro amanecer, y ahora sólo temo que el sol haya pasado tan deprisa lejos de mí que no tenga hoy la oportunidad de ver apagarse los colores de las flores que alguien, no recuerdo quién, dejó en mi habitación ocupando el lugar de alguna sonrisa que teme morir entre tanta vejez. No le importa a nadie que las flores se marchiten, tampoco a mí. Me marcharé enredado en sus pétalos, procurando comprender el miedo de la juventud, ese miedo programado por los que llegaron antes que ellos que los vuelve inútiles, y lo que es peor, conscientes de ello. Pensé en algún momento que ese orgullo no era más que una defensa; al menos no sufren, o eso creen. ¿A qué temen? A la pobreza, eso sí – mi alma se ríe- y son los que tienen la mayor fortuna, que es la libertad de decir lo que sienten.
Yo en mi suelo y con mi silencio, dejé de temerle al hombre, porque mi estómago está tan lleno de llantos ahogados y de palabras gritadas hacia dentro que nada más cabe ya.
Esas palabras; durante tanto tiempo fueron mi alimento, sólo quedaba eso en mi mochila, palabras sueltas, perdidas, deshechas, tan grandes al principio que me llenaban como enormes pedazos de pan, y tan revueltas al final que después de ser puré de ideas y lamentos se convirtieron en sopa de nada. Las frases son una comida tibia, pero cuantas más hay por decir más se enfría. Quizás por eso mi estómago ya no pide nada caliente.
Tampoco miradas, que abrazan y envuelven, que arrodillan y detienen, encarcelan. Yo soy el preso de muchas de ellas, pasean mi imagen y se la llevan lejos, tanto que de tan llevado como fui he perdido realmente mi suelo.
Sería bonito así, poder flotar y no tener nada. Está bien, yo no tengo nada y se me clavan en los huesos cada guijarro, cada helada, y se me tornan las pupilas del color de las piedras de tanto mirarlas. Así arrastro yo los sueños, en silencio y con la esperanza herida, anónimos en el cielo y en la tierra ignorados. Así derramo yo la vida, indigente e indignada, perdida ¿o hallada? Qué consuelo debiera haber…
La Fe.
Quizás en otro tiempo, debería recordarlo, deseó el iris llenarse con los destellos de la esperanza, sentir en el corazón esa fe que calma el dolor. Quizás en otro tiempo, debería recordarlo.

Ahora sólo me queda sonrisa para sonreír lo que aprendo, y a la vez sólo me quedan despedidas para los pensamientos. Sólo despedidas, sólo lo que pierdo. Todo, uno por uno los momentos, siempre son uno, quietos, solos, siempre son como yo. Esa es mi indigencia. Cerrar los ojos y callar, hasta creer que ya no hay nada.
En mí la nada educó los gestos, obligó a susurrar hasta enmudecer los ojos, en mí la nada disimuló los sentimientos. Está bien, ahora todas esas miradas que se me llevan tan lejos tiemblan con ellos resbalando sobre sus brazos, trémula mi imagen en sus mentes, aterrorizando su futuro. Todos temen acabar como yo, y sé que me cuelo en alguno de sus sueños. Después comentan,
- ¿Es que no quiere salir de ésta?
Y no hay batalla más dura que la mía. No hay nada peor que luchar contra la cordura, que obligar a tanta vida como hay en mí a no vivir, a tanta fuerza como hay en mí a no levantar las piedras de este suelo.
Intento contárselo a todas esas miradas que se quedan bajo el frío quieto y mudo, que se ocultan hasta que me desentiendo de ellas. Nunca sé cuánto tiempo me observan, no me importa. Qué bien, haber aprendido además a no preocuparme por nada, qué alivio, tanta soledad. No las veo marchar, no las vuelvo a mirar, procuro que sean para mí parte de un rostro más; no son de mi raza, la de los indigentes. ¿Por qué entonces se quedan en mi mente? Los ojos de los demás se reflejan en el confuso espejo que es mi alma.
Tanto por decir, me pregunto, o se preguntan, y tanto silencio…
Era entonces cuando me desconcertaba; sabía que el pan calmaría el estómago, pero ignoraba qué darle al alma, no entendía ese dolor, a pesar de ser ya conocido, que de vez en cuando asaltaba mi pecho en mitad del día, que me producía vértigos y obligaba a mis manos a acariciar las paredes para asegurarme que habría algo que me impediría caer. ¿Caer dónde? A un lugar incierto, aquel que ni siquiera imaginaba. Si hubiera sido la muerte, si presintiera una enfermedad, una debilidad, no temería. Si supiera que todo termina después de eso, no buscaría los muros blancos ni el suelo gris bajo mis pies. Si supiera que después de ese dolor llegaría la paz, que pasaría atravesando mi pecho como tantos otros a los que sobreviví, o mi carne como los demás, o mis huesos como la mayoría, no tendría tanto miedo.
Ahora este dolor me acaricia hasta me obliga a levantar la mirada, me provoca hasta que me enfrento a algo tan grande que termina siendo nada, ¿angustia? Sólo asfixia. Sólo el corazón latiendo tan rápido que amenaza con detenerse, sólo el alma golpeándose a mis pies. Sólo las palabras que tenía por decir, deteniéndose frente a mí… para verme marchar sin ellas.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Se te quedó un sueño en las manos


Se te quedó un sueño en las manos,
una vida en los pasos del que se marchó y vuelve
sin saber que siempre llevó en el pecho todo lo que había buscado.
Se te quedó en los ojos la prisa,
el tiempo y el viento que te llevaba y te traía
de tu rincón a nuestro centro.
En tus manos se quedaron las trenzas que hiciste con la suerte,
las caricias al silencio,
la risa entre tus dientes,
el llanto entre los dedos,
el adiós a tanta gente.
Y viviendo has vivido desafiando a la vida,
de tu rincón al centro del corazón de tu familia.
Se deshojaron tus noches entre la juventud gritada y la esperanza hablada;
la vigilia de tus sueños la dedicaste a ser hombre,
el que teme,
el que calla,
el que se equivoca y se levanta.
De tu rincón al centro,
de los que amabas,
de los que te aman…
y el rincón se hizo tan estrecho,
la luz te cegaba,
y te derramaste para ser río de lava,
para crear el fuego que acariciándote te marca,
y desde tu altura ves como tu nombre y tu cara
se convierten en piedra para dejar tu mirada.
Con los labios cerrados,
la mirada inquieta pero firme,
sólo dices que estás presente,
con los abrazos que no das,
dices que tus brazos son más fuertes que lo que en una vida se siente.
Labraste tu erial,
mirando de frente tu estrella
para no caer y perderte en los caminos,
y nacieron en él extrañas plantas
que calladas aguardan ser flor en el atardecer de tu destino,
para que tranquilo te sientes en la tierra
y cuentes los cuentos que no contabas,
para que mezcas con tu alma la paz que soñabas.
Ahora aquí,
en el alba que engendra una vida,
en la oscuridad que viste una luz,
donde te escapaste tú de un suspiro
de viaje a ningún lugar, porque nunca te has ido,
donde cantabas, donde cantábamos,
donde callabas, donde callábamos,
y nos decíamos tanto.
Aquí me quedo,
en mi rincón en el centro,
para que nos sigas acunando
con tu espalda vuelta para disimular el corazón,
que tantas palabras de amor estaba callando.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

OPINION

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lunes, 26 de noviembre de 2007

Susurrando

Ha pasado un día más, otro atardecer tras la ventana, otra luz difuminada siguiendo al viento, otras risas, otros lamentos. De nuevo la familia se ha reunido junto a mí, de nuevo los niños se han peleado, han reído, han llorado y se han dormido. Los ruidos en la cocina. Quien me invita a descansar y no levantarme es Rosa, la mujer de mi sobrino. La he mirado y he sonreído, no se lo agradezco tanto como quisiera, pero he inclinado la cabeza para que ella piense que lo necesito y se sienta bien. Vivir aquí, en este piso en el centro con una familia que después de todo no es la mía, no es lo que tenía planeado, pero está bien; la niña Ángela me besa antes de irse a dormir, y el niño Gerardo me mira desde la distancia de los niños que se hacen mayores sin besar, pero sus ojos sonríen, ya es algo.
Tengo una habitación, dicen que es mía, yo sonrío siempre, inclino la cabeza. No quiero pensar que es por lástima que vivo con ellos, ni tampoco que las facturas del geriátrico se nos van de presupuesto a todos, y a mí además se me va de los sueños. Dicen que no quieren que esté sola, está bien, mi cabeza continúa inclinada. No es a ellos a quien voy a replicar, sólo puedo replicarme a mí, y a ti.
Sólo puedo, y sólo debo, preguntar por qué no estás en el vaho de las ventanas, por qué han pasado otra vez las estaciones del año sin tu rostro en ellas, por qué hoy, igual que casi todos los días, el único beso de buenas noches es el de la niña. Volveré a acostarme, con la puerta entreabierta por si ocurre algo, con las cartas que te escribo escondidas debajo de la almohada para que no olvide mañana romperlas antes de arrojarlas al cubo repleto de papeles, tan inútiles, debe pensar Rosa, que de vez en cuando me sorprende apoyándose en el marco de la puerta si la pequeña lámpara que alumbra este silencio está encendida de madrugada. Cosas de vieja, pensará, mientras termina su ronda de “todo en orden” pasando por la habitación de los niños. Todo en orden, Rosa, los niños arropados, tu marido descansando, y yo… yo también te he sonreído y he susurrado un buenas noches, descansa; es sincero, igual que el beso que me envías desde tan lejos, desde tu vida.
Volveré a escribirte hoy; hoy que me siento, una vez más, tan consciente de la soledad, tan consciente del amor que me rodea y a pesar de ello. Me recreo en tu recuerdo, doloroso recuerdo de dulzuras aturdidoras, y me recreo en el silencio, en el dolor de la ausencia, en el llanto imparable en los ojos secos, que lo último que vieron de ti fue el altivo desplante, y todavía lo llora mi alma ciega, herida tan gravemente que no encuentra consuelo ni en la liberación de mi cuerpo.
Me destrozo entre lamentos, gritos que agitan todo mi cuerpo y desgarran aquellos silencios que compartíamos, yo perdida en tus manos, tú navegando en mi sangre rajándome con mentiras. ¿Qué ilusiones, qué verdades te llevaron a buscar mi deriva, qué convicciones de que merecía el castigo de aceptar el amor para después perderlo? Qué agradecimiento esperabas, si lo que aprendí fue a luchar para después desear morir.
Pero después de tanto tiempo, amor, hoy me miro, me susurro la vida, mi vida. He aprendido ya a no preguntar cómo pudo haber sido, y a estar alegre por lo que es; he aprendido a comprender que me aman, y a escuchar en silencio, incluso en mi interior, las palabras que hablan de mí. Quizás pensarás que me he rendido, que esta sonrisa, tan vieja ya, como yo, le dice al pequeño mundo que me rodea que he dejado de esperar, que he comprendido que la vida ha pasado sobre mi piel sin traerte a mi lado. Están equivocados, pero sólo te lo puedo contar a ti, por eso susurro al decírtelo. Sabes bien que si lo dijera en voz alta, no me dejarían pensar más, dirían que estoy senil, que me invento un personaje, como hacen algunos niños. ¡Cómo callamos cuando somos mayores! Cómo callamos, los que no hemos encontrado a ese compañero de la niñez y lo seguimos buscando durante toda la vida, y hablamos con él, y le amamos.
Hoy, en la espera de la suave y tibia oscuridad que llenará una noche más, me pregunto si alguna vez escuchaste mi llamada, mi torrente de palabras tan vacías, solas, pero llenas de ti; si escuchaste en este amanecer pasado que se me escapa la vida en un susurro, suspiro que describe tus manos, lamento casi, en espera de tu aliento mientras temo desaparecer hoy más que ayer sin haberte encontrado, mientras temo no haber sido en la vida suficiente amor para encontrarte. En todos los laberintos que creó mi alma esperé siempre que la solución fuese llegar a esa mitad de corazón que late en otro mar de vida, en otra esperanza que no es si no la mía; miro atrás y te sueño, y en cuanto abro los ojos me pregunto dónde estoy, cuántas vueltas he dado hasta confundir mi rostro, cuánto he corrido. Sueño que me buscas; no me has encontrado, y sin embargo tu voz me dice que vendrás mañana, y mañana siempre es ayer.
Ahora que en mi cuerpo duermen ya los lagos del deseo, que he derramado caricias en tantos amores hechos de vientos, que he besado todas las despedidas, no quisiera que la madurez fuese un lamento, y cierro los labios para que tu voz no se escape esta vez de mi boca, como cuando sueño despierta que dices que me amas, y así no sorprenderte diciendo “amor, ya me marché”; espero tu caricia en mi pelo, tu mano en mi hombro. Me vuelvo y no estás.
Cómo te recuerdo, aún temiendo que no hayas sido más que una ilusión tan lejana, una mentira en mi memoria y que no hayas existido jamás; bailando conmigo sobre la hierba, cómo recuerdo tus ojos oscuros y tan brillantes, tus manos largas y tu pelo castaño ondulando el amor con esa suave brisa que deben ser mis dedos. Cómo te siento, aún sobre mi cuerpo, mi rostro escondido en tu pecho. “Amor, ya me marché”, y el miedo se agolpa en mi garganta, golpea los débiles dientes esta desesperación y yo no puedo, no quiero escucharte, porque no sé dónde seguirte, porque sé que me esperas y no encuentro el lugar, porque tu voz en mis labios no me habla de esta cita en la nada y la vida está tan llena, tan llena de ti, de la espera blanca que lo envuelve todo y me esconde las lágrimas, de noches y amaneceres, de huracanes hechos de desengaños que destrozan y se van, de los atardeceres de mi mirada sobre el agua y las montañas. No puedo dejar que me digas adiós, porque quizá mañana ya no despierte, aún sabiendo que hoy todavía me aman, todavía alguien espera que yo esté aquí a medianoche, aunque me sorprendan con la mirada brillante y el anhelo en las lágrimas.
Sólo puedo susurrarte, ya ves, cada cosa que siento, y sentir de lleno este dolor que atraviesa el centro del pecho, como si supiese que vas a venir, y me quedo alelada mirando la puerta de la entrada por donde tú nunca llegas, nunca llegaste, hasta que caigo de rodillas de tanto esperar. Es entonces cuando me pregunto cómo llegué aquí, a este helado suelo que me recuerda la edad de mi cuerpo y me engaña sobre los años que tienen mis sueños, esa locura que doy a luz todos los días y que agoniza en cada amanecer.
Y mientras yo, que me aferré a tu cara y tus brazos poniéndolos siempre sobre otros cuerpos cuando me amaron. No me arrepiento, aunque quizá debiera, de haber hecho el amor con mi sueño, de ser infiel a esta realidad pues te he sido fiel a ti.
Sé que hice daño, que dejé en el valle heridos de esta guerra que no es de nadie más, sólo mía, pero me desprendo de cada recuerdo, me desnudo de otros mundos, de otras vidas, para dormir contigo, buscando adormecerme para velar mis sueños.
Nunca me marché de aquí, setenta años en esta ciudad pequeña que apoya sus edificios en el paisaje de las montañas, que inventa estanques como yo vidas para no creer que la tierra sólo es asfalto y que la lluvia muere en el gris oscuro de nuestras huellas.
Mis huellas, setenta años en la misma acera, ocupando habitaciones, hogares de otras vidas. ¿Y tú, te perdiste en la pradera? En qué otra batalla perdiste tú tu sangre, la que derramo yo entre tinieblas.
Quizás es que no estuve atenta, no escuché bien tus pasos, aunque te presentía cerca. Tal vez de esperar que vinieses no escuché a dónde ibas, y te perdiste, y te perdí.
No puedo llorar, no en este aire gris que me rodea ahora, después de desvanecerse toda esta luz que me hablaba de ti. No voy a llorar, porque hoy también espero, porque estoy aprendiendo a caminar para llegar a dejar el rastro tras de mí.