miércoles, 9 de enero de 2008

Adolescentes españoles


Hemos querido hacer tan libres a los adolescentes, que casi los hemos dejado solos, y heredan ideas de guerras que ya pasaron y por las que a veces mueren. Los que quieren construir un futuro se sumen en el silencio para esperar que algún día valga la pena el esfuerzo.

Deberíamos ayudarles a sobrellevar sus propios sentimientos, sus cambios, sus penas, a vivir sus alegrías, a aceptarse y aceptar a los demás.

Algunos salen a la calle como quien va al campo de batalla. No se sienten seguros, no les hemos enseñado a convivir, no sólo porque nosotros conocíamos otras culturas pero no convivíamos con ellas y no estábamos preparados, argumento muy utilizado en el año 2007, también porque ven el peligro en cada esquina, a veces real y otras veces no, y porque llevan dentro frustraciones que no son las suyas.

Tenemos campañas sobre el consumo de drogas, alcohol, tabaco, tráfico, preservativos, y políticos con rabietas que se pelean como hermanos, como nosotros, cuando nos peleábamos con nuestros hermanos. Pero no tenemos ninguna campaña que nos diga que la seguridad emocional de nuestros hijos es cosa nuestra. Lamentablemente, es algo que debe ser recordado. No es suficiente con decir que las drogas, el alcohol, la velocidad, las relaciones sexuales sin protección son peligrosas, hemos llegado a un punto en que nos deben decir a nosotros que quizá los estamos lanzando a esos peligros.

La historia de España es una sucesión de guerras por la conquista, victorias que suceden a derrotas, y derrotas que suceden a victorias.

Somos la consecuencia de esa historia, los herederos de un país que siempre ha luchado, que ha buscado, que se ha desesperado, que su última guerra ha sido contra sus hermanos, y la mayoría de sus combatientes creían más en sobrevivir que en una ideología concreta, un país que ha sido pobre, muy pobre, no por la escasez de alimentos en la guerra civil y en la posguerra, si no por lo que descubrieron de la humanidad, por haberse visto en un momento obligados a mirar hacia dentro y decidir quien debía salvarse.

Esa es la peor guerra, la que mira hacia dentro.

En el año 2007, los adolescentes españoles parecen no tener un rumbo, y nosotros, los padres de esos jóvenes, no miramos ni atrás ni hacia delante, sólo procuramos que mañana sea igual que hoy, si puede ser un poco mejor, mientras nuestros hijos son energías atrapadas en unas vidas en las que se ahogan.

No les damos un final al que llegar. Somos más libres, pero más inseguros.

En la familia, la sinceridad es abrumadora, tanto que rompe la inocencia demasiado temprano.
Los sueños son los que hacen seguir adelante, y la fuerza para conseguirlos lo que nos mantiene vivos. Es cierto que antes nos enfrentábamos a la realidad de una forma a veces repentina, tanto que no tuvimos tiempo de aceptarla. Estábamos protegidos por unos padres a los que se les obligaba a callar, unos padres a los que sus padres les rehuían la mirada porque habían visto demasiadas cosas, y vivían con el miedo de ver más; dirigidos por el silencio, criaban a su hijos.
Cuando se ata a alguien demasiado tiempo, se le dice cómo pensar, cómo actuar, y de repente se le libera, en un primer momento se siente perdido. Aunque sepamos dónde queremos llegar, la libertad es una luz cegadora. Ese camino se anduvo, se consiguió ser personas libres, pero en algún momento se perdió la lucha en la educación.

La familia, por parecer impuesta, aparentemente se ha perdido. Creamos familias monoparentales, una lucha que enseñamos a nuestros hijos, salir adelante sin ayuda, saber que no se deben tolerar los malos tratos tanto por parte de hombres como por mujeres, la traición, el vivir sin amor, y les decimos que son libres de amar a quien les parezca bien. Eso es un triunfo.
Pero también les enseñamos a no luchar por los demás, a no escuchar, y no les decimos que cualquier excusa no es válida para dejar a quien dijimos amar, si no es que nos decimos la verdad a nosotros mismos, que no fuimos responsables al tomar un decisión, cuando nosotros sí tuvimos esa libertad.

Nos mezclamos con ellos en sentimientos, hablamos de que esperamos que alguien nos quiera, sin pensar que de esta forma les negamos que han nacido del amor.

Idealizamos una vida mejor, un amor mejor, y nos ponemos a la misma altura en sueños que hijos, y así rompemos la firmeza que les deberíamos dar.
Les hacemos mayores en cosas que no les corresponden, dándoles la responsabilidad de hacer que sus padres se sientan bien, emocionalmente estables, la otra parte de la pareja, en definitiva, y les quitamos a ellos su estabilidad.

Creamos el sentimiento de que el hogar ya no es un lugar seguro al que volver. Les robamos la calma y los miramos lanzarse a la calle en busca de una familia que crean ellos buscando otros adolescentes perdidos en los que refugiarse. Después nos lamentamos.

¿Somos nosotros, los padres, los niños mimados? ¿Esos a los que ponemos por ejemplo de lo que no deben ser?

1 comentario:

Mercedes dijo...

Hola, coincido plenamente, la soledad del niño, y la poca contención de la familia, en nombre de una libertad sin responsabilidad, nos lleva a tener adolescentes como los que describe.
Y aún más recomiendo la lectura del Libro "Antes que Sea Tarde" del Dr. Vicente Garrido G. porque las generaciones de niños y jóvenes de hoy, serán nuestros políticos de mañana. Saludos